domingo, 24 de abril de 2011

América Latina y la "enfermedad holandesa"


En anteriores comentarios dentro de este espacio, se ha hecho referencia a las buenas perspectivas económicas y de crecimiento de América Latina. Estas perspectivas son palpables en aquellos países (Brasil, Perú, Bolivia Argentina o Chile, entre otros) que han basado buena parte de su modelo económico modelo en la explotación y comercialización de materias primas y que, al mismo tiempo, se han visto beneficiadas por la creciente demanda de las mismas provinente de un mercado asiático en plena expansión. El crecimiento registrado en la región, en 2010, alcanzó el 6,1%, y el Fondo Monetario Internacional (FMI) prevé que este año haya una ligera moderación hasta situarse en un sólido todavía 4,7% y en un 4,2% para 2012. Un progreso muy significativo si se tiene en cuenta que el PIB se contrajo un 1,7% en 2009.

Sin embargo, dentro de este espacio, no se había incidido en exceso en los efectos perversos que conlleva esta etapa de optimismo económico. Actualmente, diversos especialistas han empezado a advertir que esta etapa de euforia conlleva riesgos que deben tenerse en cuenta y minimizar. Dichos expertos, han recuperado el ejemplo de la “enfermedad holandesa” como advertencia de lo que podría suceder en América Latina si la gestión de los riesgos no es la acertada. La “enfermedad holandesa” (término acuñado en 1977 por el semanario The Economist) se refiere a la relación entre el aumento de la explotación de recursos naturales y la caída de la producción en el sector industrial. Un mecanismo por el que el aumento de los ingresos procedentes de las materias primas conlleva una apreciación de la divisa, lo que reduce el atractivo del resto de los productos nacionales, al hacerlos menos competitivos en términos de precios. Esta dinámica fue la que tuvo lugar en Holanda en 1959 tras el descubrimiento de un importante yacimiento de gas natural.

Por ahora, las exportaciones de materias primas ya dominan ampliamente en Ecuador (78%), Perú (75%), Chile (60%) o Argentina (55%) y, como posible señal de alerta, la región evidencia una progresiva apreciación de los tipos de cambio como consecuencia de la ingente entrada de capital de corto plazo. Se calcula que, sólo para el sector de materias primas, entre 2010 y 2015, llegarán a la región inversiones por más de 150.000 millones de dólares. Es complejo dar soluciones efectivas a problemas complejos como el señalado y, más aún, llamar la atención sobre la factibilidad de estos problemas en momentos de bonanza como el que vive la región. Sin embargo, parece fundamental que los diversos Estados deben perseguir la consecución de saltos productivos, es decir, agregar valor y emprender una diversificación más allá de las materias primas capaz de generar nuevos yacimientos de empleo.

En algún momento, existe la posibilidad de que la demanda exógena que ha motivado el crecimiento regional se agote y la búsqueda de alternativas se convierta en una urgencia apremiante. El objetivo actual debería ser el de evitar esta urgencia aprovechando las ventanas de oportunidad que la coyuntura ofrece. La cuestión en este caso no radica tanto en los logros que se obtengan actualmente sino de si estos logros son acordes a las posibilidades que se plantean; para el caso de la región podrían detectarse varios ejemplos de países con etapas de notorios crecimientos y escasas mejoras en todos los sentidos. Este es el tipo de casos que proveen lecciones de las que es necesario aprender. Pero el aprendizaje no es automático y poner en marcha medidas para no reiterar tropiezos tampoco es una cuestión que se resuelva de manera simple. Ahí es, tal vez, donde radica uno de los grandes desafíos (que no debe desvincularse de todos aquellos que, en algunas ocasiones, parecen haberse olvidado) de la región en este momento.

Un abrazo,

Oscar.

martes, 12 de abril de 2011

La primera vuelta en Perú y el espejismo de los partidos tradicionales


De los resultados de la primera vuelta de las elecciones en Perú pueden extraerse diversas consideraciones. Unas consideraciones que aumentan en número en función del prisma de análisis que se acabe empleando. Sin embargo, a pesar de las diferentes visiones y del número de observaciones que se deriven, podrían encontrarse algunos puntos de encuentro y conclusiones comunes. Entre ellas, creo que es muy significativo rescatar que los resultados de las urnas peruanas han evidenciado el final de lo que, hace unos años, podía etiquetarse como “modelo de convivencia” entre los partidos tradicionales y aquellos considerados como “nuevos” o de reciente creación.

Desde el año 2001 hasta la fecha, si bien podría discutirse el grado de intensidad, este modelo de convivencia ha estado vigente en Perú. Plataformas como Unidad Nacional y el APRA, de la mano de Alan García, resucitaban la presencia de los considerados “partidos tradicionales” tras la década de fujimorismo durante los noventa y restaban protagonismo a las plataformas independientes preponderantes durante los noventa. La primera vuelta de los comicios de 2011 ha desembocado en muchas cosas; entre ellas, la nueva desaparición de los resucitados “partidos tradicionales”. Imagino que muchos expertos coincidirán al decir que esto no ha sido ninguna sorpresa; las argumentaciones pueden ser varias; entre ellas:

a) El legado de una época de fujimorismo sigue vigente. La acción de Fujimori contra los partidos políticos de entonces, y a pesar de estos diez años de una cierta presencia tradicional, parece no haber desaparecido de la vida política peruana. El hecho de que Keiko Fujimori haya pasado a la segunda vuelta supone un indicio bastante sólido.

b) La presencia de estos “partidos tradicionales” en el entorno político peruano durante la última década no era tan sólida como podía parecer. De hecho, el APRA – la única plataforma política que podía etiquetarse como “partido” de un modo riguroso – ha mostrado una excesiva dependencia de Alan García. Sin la presencia de Lourdes Flores ni del propio García, protagonistas clave en 2001 y 2006, la capacidad de los “tradicionales” de tener alguna posibilidad de éxito se ha desvanecido.

c) La historia cíclica de continuidades y rupturas en Perú parece que, más allá de una costumbre marcada por coyunturas y casualidades, es una tendencia que se genera automáticamente. En el caso de los partidos, la ausencia de renovaciones y liderazgo, ha estado ausente tras la etapa de las dictaduras, tras el fujimorismo y, por qué no, tras los gobiernos de Toledo y Alan García.

Al margen de estas reflexiones, cabe tener en cuenta la figura de los outsiders. Ha sido común emplear un discurso en el que los outsiders han jugado un papel muy destacado en la vida política del Perú durante las últimas décadas. Es cierto, tanto Toledo, como Fujimori, como Humala - vencedor de la actual primera vuelta – han sido outsiders en algún momento. Hablar ahora de outsiders puede ser un poco desacertado. ¿Hasta qué punto, en 2011, puede decirse que Humala, Toledo, Kuczynski, Castañeda o la propia Keiko son outsiders? Puede discutirse que las plataformas que lideran puedan considerarse partidos strictu sensu; parece menos discutible que, de un modo u otro, son figuras no ajenas a la vida política del país. Por ejemplo, la irrupción de Fujimori en las elecciones de 1990 generó un efecto que difícilmente puede compararse con el hecho que Humala y Keiko pasen ahora – nuevamente, en el caso de Humala - a segunda vuelta. En este sentido, Perú parece haber cambiado partidos tradicionales por insiders.

Asimismo una reflexión que puede ser pertinente es cuestionar hasta qué punto Perú debe seguir analizándose como un caso excepcional en muchos ámbitos. Si bien el desmoronamiento o colapso del sistema de partidos podía ser un fenómeno escaso durante los noventa, hoy la situación peruana se asemeja a la de sus vecinos más inmediatos, por poner un ejemplo. Casos como los de Bolivia o Ecuador ilustran que lo que antaño se conocía como “sistema de partidos” se ha evaporado con suma rapidez (otra cosa es ver qué factores han incidido en uno y otro caso).

Finalmente, puede aventurarse si realmente la apuesta por Humala o Keiko son un acierto ciudadano en un país en el que los precedentes pueden dar buenas lecciones. En 2006, si bien la figura de Alan García evocaba los problemas del país durante la segunda mitad de la década de los ochenta, podía decirse que también representaba una candidatura más firme y, aparentemente, más adecuada para el proceso de consolidación democrática en el país. Es cierto que Humala ha optado por la senda de la moderación en su discurso pero, en su historial, siguen presentes algunos capítulos que generan dudas razonables sobre su encaje en el sillón presidencial sin ciertos riesgos. En cuanto a Keiko, y salvando las distancias, puede visualizarse que, a través de ella, Fujimori opta nuevamente a una segunda vuelta en el país tras la primera que protagonizó contra Vargas Llosa en 1990. Y, aunque puede recurrirse a numerosas encuestas y sondeos que recalcarían que este hecho no debe sorprender a nadie, la fe peruana en Fujimori – no es el único lugar del mundo en el que ocurre – parece haberse revitalizado justo tras sus condenas el pasado año. Tal vez muchos puedan ofenderse con estas palabras…para mi, se da un salto importante en relación a estos diez últimos años de redemocratización y crecimiento (eso sí, con desigualdad) por los que ha transitado el país…¿pero es hacia adelante?

Un abrazo,

Oscar.

lunes, 21 de marzo de 2011

Sobre la productividad y la corrupción...


La corrupción es uno de los problemas recurrentes a los que se apunta para argumentar los problemas de desarrollo de regiones como América Latina. Lo cierto es que en la región conviven diversas realidades cuando se analiza el fenómeno con mayor detalle y bajo el amparo de los resultados provinentes de informes e indicadores de instituciones de prestigio en la materia. Entre ellos, los de Transparencia Internacional. y en los que se expone que, si bien países como Chile gozan de niveles de niveles de transparencia equiparables a los de Alemania, Japón o Francia, también hay casos, como Venezuela, que se encuentran en el extremo opuesto de la clasificación.

Podría decirse que la corrupción es el resultado de una dinámica multivariable e interrelacionada y que, al mismo tiempo, incide sobre multitud de ámbitos, también interrelacionados. Un hecho que complejiza su abordaje. Dejando a un lado esta constatación, la corrupción incide significativamente en el sector productivo. Si bien el crecimiento económico no es suficiente para gozar de procesos de desarrollo, sí puede considerarse como necesario para disponer de una base sólida para lograrlo. Parece difícil alcanzar un crecimiento económico estable y sostenido cuando el sector productivo se encuentra lastrado por problemas de corrupción.

Según GAT Intelligence y en base a estimaciones del Banco Mundial, la corrupción supone el 5% del PIB mundial y más del 25% de este coste resulta de la firma de contratos mercantiles conseguidos por soborno en países en vías de desarrollo; se estima que la pérdida media económica para las empresas que se ven obligadas a pagar sobornos es de 160.000 dólares. América Latina ha avanzado hacia la transparencia a través de medidas internas de control y cambios en la idiosincracia en la política para prevenir estas situaciones. Sin embargo, perduran problemas para los inversores como el escaso conocimiento sobre el marco legal imperante en algunos países, un hecho que no es exclusivo de Latinoamérica.

Reducir el impacto de la corrupción exige una actuación que incida sobre varios frentes; entre ellos: a) el fomento de mecanismos de denuncia de casos de corrupción; b) el establecimiento de sanciones que sirvan no sólo como advertencia sino como insumos para el establecimiento de nuevas reglas de juego enfocadas a mayores niveles de transparencia; c) un alineamiento de los actores estratégicos para conseguirlo lo que, en otras palabras, no es más que la generación de una confianza más sólida entre ellos y, en consecuencia, para el conjunto del sistema.

Para los interesados, adjunto los vínculos hacia los informes del 2010 de Transparencia Internacional; en primer lugar, el Barómetro Global de la Corrupción; en segundo término, el Índice de Percepción de la Corrupción:

http://www.transparencia.org.es/BAROMETRO%20GLOBAL%202010/INDICE%20BAROMETRO%20GLOBAL%202010.htm

http://www.transparencia.org.es/INDICE%20DE%20PERCEPCION%202010/INDICE%20PERCEPCI%C3%93N%202010.htm

Un abrazo,

Oscar.

sábado, 12 de marzo de 2011

La lucha contra la pobreza y el ejemplo de Chile


La Comisión Económica para América Latina (CEPAL) apunta que la tasa de pobreza para la región se situó, en 2010, en 32,1%; el nivel más bajo de los últimos 30 años. Independientemente de cómo se efectúe la medición de estas tasas de pobreza y de los resultados derivados, la CEPAL afirma que los logros cosechados son el resultado de una progresiva mejora en la distribución del ingreso (fruto, en parte, de los procesos de crecimiento) así como de las políticas gubernamentales - con un aumento de los recursos destinados a la ejecución de políticas sociales - y la interacción entre ambos. El gasto social, que se situaba en el 12,2% del Producto Interior Bruto (PIB) durante el periodo 1990-91, alcanzó un nivel del 18% en los años 2007-2008 y, dentro del gasto público global, los programas sociales crecieron de 45% a 65%.

Ello no debe hacer olvidar que tanto la pobreza y la desigualdad siguen siendo problemas de profundo arraigo en la región. La brecha entre los sectores más enriquecidos y aquellos con menores recursos ejemplifica bien esta realidad: el ingreso per cápita de los hogares pertenecientes al 10% más rico de la población supone 17 veces más que el del 40% más pobre. Teniendo en cuenta que estas cifras suponen una mejora de tres puntos respecto a 2002, pueden formularse diversos comentarios; entre ellos, señalar la contundencia de un fenómeno como el mencionado. Asimismo, subrayar las dificultades por lograr avances más significativos incluso cuando las condiciones para hacerlo son favorables.

¿Es asumible erradicar la pobreza en la región? Evidentemente, dar respuesta a esta pregunta supone admitir que las condiciones de partida no son iguales para todos y que, lógicamente, hay países mejor posicionados para ello. Uno de los casos más referenciados es el de Chile. Actualmente, casi tres millones de chilenos se sitúan por debajo de la línea de pobreza; el propio Presidente de la República, Sebastián Piñera, ha señalado que ingreso nacional que debería transferirse directamente a cada una de las familias afectadas por la pobreza, es de 1,5% del PIB. Este año Chile va a crecer un 6% y, por tanto, podría decirse que es razonable, posible, ética y moralmente un imperativo hacer lo que sea necesario para que un pequeño porcentaje del crecimiento económico se dirija a los tres millones mencionados. Por supuesto, desde un prisma general, la perpetuación de las condiciones de desigualdad fomenta mayor desigualdad, la existencia de nuevas y viejas brechas y, en consecuencia, traba el proceso de desarrollo del conjunto de la sociedad. En este sentido, la moral es un argumento pero la necesidad de progreso para la totalidad de la población también.

Por otra parte, el avance chileno, a pesar de constituirse en referencia obligada en la región, sigue sorprendiendo. Tras el terremoto que causó daños cifrados en 30.000 millones de dólares (17% del PIB nacional), entre 2009 y 2010, el crecimiento económico pasó de -1,5% a +5,2%; la creación de empleo de menos 45.000 a más 420.000; la inversión de menos 15% a más 20%; y, desde el estancamiento, las exportaciones se situaron en más del 27%.

Proyectando la tasa de crecimiento de Chile hasta el final de la década, el país se convertiría en el primero de la región que podría se considerado de “desarrollado” (de acuerdo a los estándares habituales de medición); actualmente, el nivel de ingresos per cápita es de 15.000 dólares - la más alta de Latinoamérica - y se aspira a la de los países que están en los umbrales del mencionado desarrollo: 22.000. Incluso con los datos mencionados previamente, Chile tiene que seguir luchando contra desafíos compartidos con el resto de países de América Latina a pesar de las diferencias numéricas: disponer de una mejor educación, progresar en el terreno de la tecnología o fomentar la inversión en energía, entre otros.

Un abrazo,

Oscar.

martes, 1 de marzo de 2011

La transformación del "mundo árabe" desde América Latina


Los acontecimientos que están teniendo lugar durante las últimas semanas en países como Túnez, Egipto o Líbia, entre otros están alimentando el debate sobre diversos aspectos que, sin riesgo de cometer graves errores, se consideran clave para los procesos de desarrollo y democratización. Asimismo, este mismo debate se está viendo enriquecido por diversas contribuciones académicas, aunque no exclusivamente, que tratan de ofrecer explicaciones no sólo sobre las causas de lo que está sucediendo en este momento sino también sobre los escenarios y perspectivas de futuro que se dibujan en aquellos países que, últimamente, están ocupando la mayor parte de portadas dentro de los medios impresos así como un porcentaje significativo de tiempo dentro de aquellos propiamente audiovisuales.
Dentro de las mencionadas contribuciones consideradas propiamente no académicas merece la pena destacar un artículo aparecido en el Periódico El País titulado “La revolución árabe y la izquierda latinoamericana” de Joaquín Villalobos; al margen de recomendar la lectura de dicho material, resulta interesante rescatar algunas de las ideas que se mencionan en el texto:
• Los sucesos que están teniendo lugar en el ámbito geográfico que el autor identifica como “mundo árabe” no lo predijo nadie y dominaba la idea de que la democracia era un valor occidental, culturalmente incompatible con la cultura árabe. Pero el proceso de movilización que está teniendo lugar parece demostrar lo contrario.

• En este sentido, las aspiraciones por llegar a un estadio de “democracia” están demostrando ser valores cada vez más universales. También en el momento en que los ciudadanos alcanzan un mayor nivel de educación, la crítica, el disenso y la diversidad de pensamiento se multiplican inevitablemente.

• Así, cuando el número de ciudadanos con conciencia crítica aumenta sustancialmente se debilita la posibilidad de gobernar a partir del caudillismo, las dinastías familiares o las verdades únicas del dogmatismo político.

• La democracia y los derechos humanos no son solo un asunto ético sino también una “tecnología de gobierno”, en palabras de Villalobos, que permite mantener cohesionada a la sociedad en medio de las diferencias y la natural diversidad que la compone. Obviamente, esto es posible en la medida en que proliferan las clases sociales que entienden que la tolerancia entre contrarios es fundamental para la convivencia pacifica.

• Cabe tener en cuenta que una sociedad polarizada en extremo y con divisiones profundas entre sus habitantes reduce sus posibilidades de desarrollo. Por ello, la exclusión social que deriva en exclusión política es un asunto vital de resolver.

Partiendo de estas ideas, el texto subraya que, de la misma manera que América Latina no era viable sin la inclusión de las izquierdas, el mundo árabe no lo será sin la tolerancia hacia los islamistas hasta lograr su moderación. Cuando la sociedad se mantiene cohesionada puede utilizar todas sus capacidades y esto da lugar a una relación directa entre democracia y desarrollo.

Algunos de los ejemplos que menciona el texto son bastante ilustrativos: el empobrecimiento institucional y económico de Cuba tras 50 años de revolución, contrasta con el desarrollo social, educativo, económico e institucional de Costa Rica, Chile o Uruguay (tres de los países con mayor vigencia y cultura democrática del continente). La actual situación de gran violencia, profunda crisis social, extrema pobreza y riesgo de ser estados fallidos de Haití, Guatemala, El Salvador y Honduras son el resultado de haber vivido las dictaduras más represivas y prolongadas del continente. Asimismo, los riesgos autoritarios y la extrema polarización que viven países como Bolivia, Venezuela y Ecuador son, en buena parte, resultado de procesos que condujeron a una porción significativa de la población a la exclusión social y política

El texto concluye afirmando que la clave del desarrollo está en la interacción dialéctica entre diversidad, diferencias, pesos, contrapesos y alternancias; también de aciertos y errores. Tal vez y en mi opinión, algunos de los procesos de éxito que ha experimentado América Latina durante las últimas décadas – a pesar de los muchos problemas que aún quedan por resolver – pueden ser un referente para aquellos países que actualmente experimentan procesos de transición como los que tuvieron lugar en la región hace ya más de tres décadas. Es cierto que problemas como la pobreza, la desigualdad, la insatisfacción con la democracia (causa y efectos unos de otros) aún persisten pero también puede ser cierto que uno de los mayores avances es apreciar que, progresivamente y a pesar de la insatisfacción, democracia y desarrollo van aparejados en los imaginarios de la ciudadanía y que, a pesar de las reticencias de algunos sectores, la convivencia dentro de la diversidad propia de la región (como de tantas otras) es parte de los triunfos presentes como de su sostenibilidad en el futuro.

Pueden encontrar el artículo completo en el siguiente link:

http://www.elpais.com/articulo/internacional/revolucion/arabe/izquierda/latinoamericana/elpepuint/20110222elpepuint_33/Tes

Un abrazo,

Oscar.

sábado, 29 de enero de 2011

Mapa de la conflictividad social en Perú


Después de unas semanas sin nuevas aportaciones a este blog, retomo nuevamente la actividad haciendo referencia a un recurso de reciente aparición: el Mapa de la Conflictividad Social en Perú. La cuestión de la conflictividad social en el país ha sido un tema recurrente en el terreno del análisis y la investigación académica durante los últimos años. Principalmente en lo que se refiere a la búsqueda de explicaciones que puedan argumentar porqué la etapa caracterizada por el crecimiento económico y la consolidación democrática, tras el régimen fujirmorista, se ha visto acompañada de una emergencia de la conflictividad social – tanto en número de conflictos como en su intensidad – durante la gestión del actual Presidente Alan García. Este documento puede ser de interés para todos aquellos que deseen conocer más de cerca la realidad social de Perú y contar con una nueva herramienta para el registro de las distintas demandas sociales, sus causas y algunas directrices de cómo paliarlas.

En particular, este estudio - elaborado por un equipo de investigadores del IUnstituto de Estudios Peruanos (IEP) - identifica los principales conflictos y su recurrencia a nivel nacional. Pero la investigación va más allá del simple registro del conflicto en función al objeto de disputa o al sector competente sino que hace un análisis de la forma de clasificar los conflictos que existen en la actualidad proponiendo una tipología que permite, a partir del enfoque en las causas que los generan, determinar las políticas públicas necesarias para la transformación de los conflictos sociales. Brinda, asimismo, herramientas metodológicas para el registro de los conflictos, buscando ahondar en la importancia del contexto histórico local, la capacidad de movilización y la participación de actores extra locales, la relación entre necesidades, demandas y acciones colectivas de protesta, entre otros aspectos que resultan relevantes para la toma de decisiones respecto a las estrategias a seguir, proponiendo recomendaciones de roles para la prevención que son necesarios activar desde la gestión gubernamental.

Pueden encontrar el recurso en el siguiente vínculo:

http://orlandodiez.com/prevcon/herramientas_contenido_web/MAPA%20DE%20CONFLICTOS%20Y%20ACTORES%20A%20NIVEL%20NACIONAL/Bases%20de%20datos/INFORME%20FINAL/Mapa%20de%20conflictos.pdf

Un abrazo,

Oscar.

sábado, 1 de enero de 2011

Latinobarómetro, Perú y la década de América Latina


En otras aportaciones a este blog, ya se ha hecho referencia no sólo a la aparición del Latinobarómetro 2010 sino también a los progresos de América Latina durante los últimos años y las perspectivas de futuro para la región durante la próxima década - el Banco Interamericano de Desarrollo afirma que, la que está por venir, será la década de la región - en un contexto de crisis generalizada para muchos otros enclaves geográficos. De hecho, como ya se había señalado anteriormente y según el Latinobarómetro, el año 2010 se considera como el mejor en cuanto al estado de la democracia desde que empezaron estas mediciones a mediados de la década de los años noventa. Los índices de apoyo a la democracia son los más altos de los últimos doce años y mejora también tanto la aprobación del congreso como la de los partidos.

Por su parte Perú, fue el que más avanzó en la valoración de la democracia entre el año pasado y este, tras Ecuador y Colombia; en cuanto a los porcentajes de apoyo a la democracia, Perú país escaló de 40% en 2005 a 61% en 2010. Estos avances se dan el marco de un contexto económico favorable (aunque en él prevalece la incidencia de la pobreza y la permanente desigualdad – transversal en la mayoría de los países de América Latina), por lo que se ha configurado un escenario dotado de oportunidades para cimentar el desarrollo económico con la consolidación de las instituciones democráticas.

Cómo aprovechar esta oportunidad es tanto el desafío para países de la zona andina, como los mencionados, como para toda la región; de hecho, a pesar de que las diferencias entre unos países y otros son significativas, podríamos cuestionar si realmente hay casos en los que las instituciones democráticas estén bien arraigadas y su desempeño se produzca sin distorsiones. De hecho, podría decirse que el gran obstáculo a superar se encuentra al interior de las que deberían ser las grandes beneficiarias del proceso; la propia debilidad institucional, en general, y de las democráticas en particular pueden no sólo ralentizar el proceso sino incluso detenerlo y provocar consecuencias en ámbitos fuertemente vinculados como el propio crecimiento económico. Por ejemplo y para Perú, uno de los rasgos que caracteriza al país es el desajuste existente entre el apoyo a la democracia y la satisfacción con su funcionamiento (la brecha más alta, en base a los datos del Latinobarómetro, después de Bolivia y Venezuela).

Asimismo en el mismo Latinobarómetro, Perú aparece en los últimos lugares de la región en aspectos muy específicos: los niveles de confianza más bajos en los partidos, el Congreso y el Poder Judicial; la más baja aprobación a la gestión del gobierno; la peor evaluación de la situación de la seguridad ciudadana, y la más baja aprobación a las políticas en ese terreno campo; la peor percepción de los avances en la lucha contra la corrupción (junto a Guatemala); la mayor insatisfacción ante la situación económica, (junto con Guatemala y México); la menor confianza en el mercado y el sector privado; asimismo, los más bajos niveles de confianza interpersonal, junto con Paraguay y Brasil.

Casos como el de Perú son buenos ejemplos para ir más allá de lo que especifican las medias regionales y también para ver que América Latina esconde múltiples realidades en su interior a pesar de los tiempos de relativa bonanza. Simultáneamente, el caso peruano es también un exponente de que dicha bonanza – a pesar de fenómenos como el excepcional crecimiento económico del país – puede haber sido claramente insuficiente como para reducir dinámicas tan arraigadas como las mencionadas a través de los resultados que el país registra en el Latinobarómetro. Nuevamente, el reto se sitúa aquí.

Un fuerte abrazo y Feliz 2011,

Oscar.